Eran las 7 de la mañana
y el celular cumplía la función de despertador. Sonaba: “vivo – Gustavo Cerati”. Desayuné algo a las
apuradas y salí a esperar el colectivo que me trasladaba hasta la facultad. Era
de esos días que uno se levanta de buen corazón, ¿vio?
Después de 20 minutos de espera, llegó. Subí y
el “ciudad de Córdoba” estaba repleto, solo me quedaba un lugar en la primera
fila compartida, lugar que es de uso exclusivo para adultos. Pensé: “si sube un
anciano me paro y cedo el lugar, mientras tanto disfruto el cómodo asiento”. A
mi lado se encontraba un hombre de unos 70 años aproximadamente. Su mirada era
similar a la de un nene que por primera vez visitaba la gran ciudad. “lindo
día, ¿no?” susurro, manifestando sus ganas de conversar. “espectacular”
respondí, respuesta insignificante si las hay, pero fue suficiente para que el
acto comunicativo empezara a fluir. Me contó de su trabajo, de sus hijos, una
que otra experiencia de vida; yo en silencio producto de mi atención a sus
palabras y tiempo nulo que el anciano dedicaba a mis respuestas. Hablaba,
hablaba y hablaba. Cuando pude, pregunté y su respuesta me dejo atónito. Mi
pregunta: “¿qué lo trae por estos lados?”, su respuesta: “Todos los días me
tomo el colectivo para dar una vuelta. Hago el recorrido completo y vuelvo a mi
casa. No tengo destino, solo disfruto cada viaje, ellos le dan brillo a mis
ojos”. Fue una respuesta confusa, o tal vez atípica, considerando que se
trataba de una conversación de colectivo. Indagué más al respecto y el hombre
no quiso dar más detalles.
A mitad del recorrido, en la garita veintinueve, se veía a una mujer con sus dos hijos. Aparentemente los llevaba al colegio primario. Debo confesar que apenas subieron, el lugar colapsó de una energía extraña. Se sentaron en el asiento próximo al nuestro. “Mateo y Lourdes, nueve y ocho años. Cecilia, su mamá” fueron sus palabras, mientras los señalaba con su mirada que se perdía en algún lugar profundamente deseado. Por mi lado, me desorientó el hecho que el anciano los conozca y ellos ni siquiera daban muestra de reconocimiento alguno. Entonces volvía a preguntar, esta vez con cierto miedo a su respuesta. “¿los conoce?”. Luego de varios minutos de reflexión contestó: “muchacho, si alguien te dice alguna vez que los grande hacemos las cosas bien, no les hagas caso. Somos víctima de nuestros errores y no somos capaz siquiera de revertir la historia. Somos adultos, el tiempo pesa y muchas veces no podemos sostenerlo, es tarde para ciertas cosas”. Esto despertó en mí cierta inquietud. Callé, pensé y respondí: “muchas veces nos dicen a nosotros, los jóvenes, que hacemos las cosas sin pensar y de creer llevarnos el mundo por delante, pero mi teoría es que nunca es tarde para manifestarse. Los tiempos en que nos obligaban a callarnos pasaron, se esfumaron, hoy tenemos libertad, hoy podemos decir y actuar como queramos, ¿por qué reprimir cosas que guardamos? ¿Cuál es el sentido? la vida es corta, usted lo debe saber más que yo”. Instantáneamente el longevo asintió: “si, la vida es corta, si pareciera que fue ayer cuando le cambiaba los pañales a Cecilia. Ahora verla madre de dos hijos hermosos y no poder disfrutarlos me mata lentamente”. Su mirada me lo decía todo, era cálida, resignada pero con algunos destellos de esperanza. Solo atine a darle dos palmadas en su espalda.
A mitad del recorrido, en la garita veintinueve, se veía a una mujer con sus dos hijos. Aparentemente los llevaba al colegio primario. Debo confesar que apenas subieron, el lugar colapsó de una energía extraña. Se sentaron en el asiento próximo al nuestro. “Mateo y Lourdes, nueve y ocho años. Cecilia, su mamá” fueron sus palabras, mientras los señalaba con su mirada que se perdía en algún lugar profundamente deseado. Por mi lado, me desorientó el hecho que el anciano los conozca y ellos ni siquiera daban muestra de reconocimiento alguno. Entonces volvía a preguntar, esta vez con cierto miedo a su respuesta. “¿los conoce?”. Luego de varios minutos de reflexión contestó: “muchacho, si alguien te dice alguna vez que los grande hacemos las cosas bien, no les hagas caso. Somos víctima de nuestros errores y no somos capaz siquiera de revertir la historia. Somos adultos, el tiempo pesa y muchas veces no podemos sostenerlo, es tarde para ciertas cosas”. Esto despertó en mí cierta inquietud. Callé, pensé y respondí: “muchas veces nos dicen a nosotros, los jóvenes, que hacemos las cosas sin pensar y de creer llevarnos el mundo por delante, pero mi teoría es que nunca es tarde para manifestarse. Los tiempos en que nos obligaban a callarnos pasaron, se esfumaron, hoy tenemos libertad, hoy podemos decir y actuar como queramos, ¿por qué reprimir cosas que guardamos? ¿Cuál es el sentido? la vida es corta, usted lo debe saber más que yo”. Instantáneamente el longevo asintió: “si, la vida es corta, si pareciera que fue ayer cuando le cambiaba los pañales a Cecilia. Ahora verla madre de dos hijos hermosos y no poder disfrutarlos me mata lentamente”. Su mirada me lo decía todo, era cálida, resignada pero con algunos destellos de esperanza. Solo atine a darle dos palmadas en su espalda.
El viaje llegaba a su fin. Algo debía hacer,
no podía solo escuchar el desahogo de una persona y no poder hacer nada al
respecto. El señor había confiado en mí, sería poco grato y desalmado si solo
me limitaba a unas simples palmadas y palabras de aliento. Recordé que mientras
esperaba el colectivo me distraje con unos chupetines que parecían altamente
apetecibles. La madre y sus niños seguían en el mismo lugar donde se había
ubicado segundos después de emprender viaje. Era mi momento, necesitaba
conectarlos, unirlos de alguna manera. Tanta energía contenida debía tener un
fin. Entonces actué: le ofrecí mi golosina a mi compañero de viaje y entre
susurros y señas, sin que los de adelante se den cuenta, prácticamente le
obligué a que se los ofrezca a los retoños. El señor sonrió cómplicemente y
obedeció. Tocó tímidamente a Mateo por su hombro y le entregó el presente. El
niño sonrió y le ofreció a su hermanita, quien también demostró gestos de
alegría. Cecilia volteó y también sonrió. Yo me paré, guiñé el ojo al anciano y
procedí a descender del colectivo, mientras los veía jugando como 4 niños
vergonzosamente.
Una golosina, un chupetín, casualidad, causalidad, vaya uno a saber qué
desencadenó todo esto, lo único que me quedó claro es que ese hombre a partir
de ese momento cambió su vida, ¿y yo? yo solo sigo siendo un aprendiz y volado
de la vida que tiene la fortuna de poder apreciar esos pequeños grandes
gestos que la vida nos ofrece. ¿Qué dice usted Don Juan? Lindo día
¿no?...
Que lindo! Tiene un poco de todo, me encantó. Buen guion para tu corto seguro es un exito.
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